Se pueden definir como los hábitos adquiridos a lo largo de la vida que influyen en nuestra alimentación.
Los hábitos alimenticios se transmiten de padres a hijos y están influidos por varios factores entre los que destacan: el lugar geográfico, el clima, la vegetación, la disponibilidad de la región, costumbres y experiencias, por supuesto que también tienen que ver la capacidad de adquisición, la forma de selección y preparación de los alimentos y la forma de consumirlos (horarios, compañía).
Hay que tomar en cuenta que los alimentos son lo único que proporciona energía y diversos nutrimentos necesarios para crecer sanos, fuertes y poder realizar las actividades diarias. Ninguna persona logra sobrevivir sin alimento y la falta de alguno de los nutrimentos ocasiona diversos problemas en la salud.
Sin embargo, no se trata de comer por comer, con el único fin de saciar el hambre, sino de obtener por medio de los alimentos, los nutrimentos necesarios para poder realizar todas las actividades según la actividad física que se desarrolle, el sexo, la edad y el estado de salud.
Consumir pocos o demasiados alimentos y de forma desbalanceada, tiene consecuencias.
El cambiar de hábitos no siempre resulta una tarea fácil (mas bien todo lo contrario) pero, una vez adquirido, mantener ese buen hábito cuesta lo mismo que seguir con uno que nos perjudica. No obstante, los beneficios de alimentarnos adecuadamente son muchos, y sin duda los vamos a notar en toda nuestra actividad diaria.
Empezaremos con algo que debería ser habitual en nuestra dieta: que sea variada.
Dar este consejo puede parecer innecesario con la gran variedad de alimentos que tenemos a nuestro alcance. Pero, la realidad es que muchas personas limitan excesivamente la variedad de alimentos que consumen; o centran su alimentación diaria en unos pocos productos, mientras que el resto los consumen solo ocasionalmente.
La tendencia, cada vez más pronunciada, de alejarse de la dieta Mediterránea, y el aumento del consumo de comidas rápidas, con alto contenido de grasas saturadas, muestra la necesidad de dar atención a nuestros hábitos de alimentación, y especialmente, a la variedad en nuestra dieta. Ahora bien ¿En qué consiste una dieta variada? y ¿Qué beneficios comporta?
Una dieta equilibrada debería proveer tanto la energía (calorías) que necesitamos para realizar nuestra actividad diaria como los nutrientes (proteínas, carbohidratos, lípidos, vitaminas, minerales y agua) necesarios para construir y reparar las estructuras orgánicas y regular los procesos metabólicos .
¿Cómo nos aseguramos de proporcionar todo lo necesario? La clave está en una dieta variada que incluya: frutas, verduras, legumbres, cereales, lácteos, huevos, pescado y carne.
Frutas y verduras: son muy ricas en vitaminas y minerales, tienen un bajo contenido en calorías y sodio, y carecen de colesterol. Deberíamos consumir diariamente al menos un buen plato de verduras frescas o, mejor aún, una buena ensalada. Y tomar, como mínimo, dos piezas de fruta al día, entera o en zumo.
Los cereales y sus derivados son ricos en carbohidratos y fibra. Contienen minerales como el calcio, fósforo, hierro y potasio, y todas las vitaminas del complejo B. El contenido proteico es muy variable, entre un 6 y un 16% del peso. En la mayoría de cereales naturales, el contenido en grasas es muy bajo.
Los productos de bollería y pastelería no los incluiríamos entre los cereales, ya que en su elaboración suelen añadir, en grandes cantidades, grasas, azúcar y otros aditivos.
Las legumbres y cereales deben combinarse para obtener proteínas de calidad, porque, los aminoácidos esenciales que faltan en un grupo, se encuentran en el otro.
Carnes y pescados: aportan la mayor proporción de proteínas de alto valor biológico de todos los alimentos. También son una fuente de vitaminas B1, B2, B3 y B12 en el caso de la carne, y de vitaminas A y D en el pescado. La carne es rica en hierro, fósforo y potasio, mientras que el pescado proporciona yodo, calcio y fósforo.
El principal problema de la carne es su alto contenido en grasas, que es mayoritariamente grasa saturada, y contiene colesterol. Aunque el porcentaje de grasas puede variar mucho de unas carnes a otras. Los pescados azules también tienen un alto contenido en grasas, pero, a diferencia de las carnes, son grasas con propiedades beneficiosas para la salud.
Lácteos y huevos: suministran las proteínas más completas que podemos encontrar, y están libres de aditivos y toxinas por lo que deben formar parte de nuestra dieta. Los huevos contienen hierro y otros minerales, y son abundantes en vitaminas del grupo B. La leche, por su parte, proporciona calcio, fósforo y vitaminas A y D.
En su contra está la cantidad y el tipo de grasa que contienen. Los productos lácteos en general son una de las mayores fuentes de grasas saturadas, por lo que es preferible consumirlos desnatados o semidesnatados. La yema del huevo contiene gran cantidad de colesterol (la clara de huevo no contiene colesterol), y debemos limitar su consumo.
Conclusión
Si nuestra dieta es variada, es decir, incluye alimentos de todos los grupos mencionados, no debemos preocuparnos por sufrir alguna carencia nutricional. Cualquiera de los nutrientes que nuestro organismo necesita, serán aportados por uno u otro alimento.
Es cierto que podemos prescindir de algunos alimentos, como por ejemplo carne o pescado. Las proteínas, vitaminas y minerales que estos alimentos proporcionan, también los encontramos en otros alimentos. Pero, en este caso, necesitaríamos un mayor control de los alimentos que consumimos para estar seguros de cubrir las necesidades básicas.
El acostumbrarnos a comer de todo (tener una dieta variada) es uno de los hábitos que debemos adquirir para disfrutar de una dieta equilibrada y saludable.
Fuente: Esmas; Tomas Murhpy; CECU

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